martes, 17 de junio de 2014

Prólogo.

Londres, 
Enero del 1883.

El señor Smith hablaba con una gran sonrisa en la boca con su amigo -y ahora socio- en el gran salón de su casa. Ambos estaban sentados en unas sillas de madera decoradas de cuero negro alrededor de una gran mesa de madera de roble.
-Pues ya está decidido. Mañana la fábrica empezará a construirse- dijo el señor Garfield.
-Con un poco de suerte en dos semanas ya estará terminada- añadió el señor Smith-. Si contamos con la suficiente mano de obra puede que incluso empecemos a producir en menos de un mes.

El señor Galfield soltó una carcajada. Ambos estaban nerviosos -quizá excitados- por empezar a trabajar en la nueva fábrica: "Industrias textiles Garfield y Smith, donde mejor se paga". ¿Dónde mejor se paga? Mentira. Eso era una gran mentira pero los obreros eso no lo van a saber. Y, aunque lo supieran, las mujeres estarían obligadas a trabajar allí por ser la única fábrica de telas de toda la ciudad. Aunque tampoco estaban seguro de que si su mentira iba a tener mucha eficacia ya que casi un noventa por ciento de toda la población obrera era analfabeta.
-Dentro de unos meses, Robert, seremos asquerosamente ricos- dijo el señor Garfield.
-Lo sé, Jonh- el señor Smith hizo un gesto a una chica que tenía su pelo rubio recogido y que estaba junto a la gran puerta del salón-. Señorita Wilson, trae té. Mi socio y yo tenemos que hablar de cosas de negocios.
-Sí, señor.
-No hace falta, señorita Wilson- dijo el seño Garfield impidiendo que la sirvienta saliera del cuarto-. Yo me voy a ir. Mi esposa me estará esperando.
-¿Estas seguro, John?
-Claro. Llama a tu mujer e hijas a que tomen el té.
-Ojalá fuera tan fácil.
-¿Fácil?
-Son jóvenes, señor Smith. Ya cambiarán- dijo sin permiso la señorita Wilson.

El señor Smith miró a la joven. No se le había dado permiso para hablar. Mucho menos para dar su opinión.
-Lo siento, señor Smith.

El señor de la casa arrugó su frente.
-Está bien, John. Señorita Wilson, acompañe al señor Garfield hasta la puerta.

La sirvienta hizo caso al señor Smith y salió del salón junto al invitado.

Jonh se llevó la mano izquierda a su cara y se la frotó con fuerza para intentar reprimir los pensamientos que estaban teniendo lugar en su cabeza. ¿Por qué tuvo que dejar a sus hijas que leyeran ese artículo de Karl Marx? No se hubiera imaginado que sus hijas, unas muchachas bien educadas, que casi no hablaban, se hubieran convertido en unas socialistas que fuesen en contra de su propia clase social y apoyasen las revoluciones de los obreros en las distintas ciudades europeas y en los distintos estados estadounidenses. ¡La presión que la clase burguesa hacia sobre ellos era lo que les daban de comer!
-La señora y sus hijas bajarán en unos minutos, señor Smith- dijo la sirvienta interrumpiendo los pensamientos del señor.
-Muchas gracias, señorita Wilson.
-Un gusto.

Cuando las mujeres de la casa bajaron, Margaret, una mujer con rasgos finos y con una piel de porcelana por distintos problemas de salud que padecía, se sentó junto a su marido y las muchachas enfrente de ellos. Eran dos mellizas de una edad de diecisiete años con los mismos rasgos de su madre pero con el mismo carácter que su padre. Sus cuerpos estaban cubiertos por unos lujosos vestidos que se ensanchaban a la altura de la cintura y que llegaban hasta el suelo impidiendo que se pudieran ver los zapatos con un poco de tacón que vestían. 
-¿Qué te ha contado el señor Garfield?- preguntó Margaret a su marido.
-Que mañana empezarán a construir la fábrica.
-¡Que noticia más buena! ¿Cuántos obreros tendréis a vuestra disposición?- preguntó ella sonriente antes de beber un poco de té que habían preparado en la cocina.
-Habrá quinientos obreros.
-Quinientos esclavos- susurró Anne.

Jonh miró a su hija con ojos furiosos antes de dejar caer su cucharilla de plata sobre el plato que va a juego con la taza.
-Anne...- susurró su madre.
-Anne tiene razón- dijo su hermana Lucy mirando a su madre.
-Aquí no chicas, por favor.- Margaret no quería que su familia se volviera  a pelear por la misma historia de siempre.
-¿A los trabajadores de esa "gran empresa" también les haréis creer que ganan un diamante cuando se trata de carbón?- Anne cuestionó en forma de ironía.
-No os consiento que habléis así delante de vuestro padre.
-¿Acaso le importamos? Debe de estar más preocupado por sus esclavos.
-Lucy, Anne a vuestro cuarto. Señorita Wilson si es tan amable lléveselas.

Ambas hermanas subieron a su cuarto sin oponer ninguna resistencia cantando frases de Marx que aprendieron de un periódico. John tenía cierto color en sus pómulos, a causa de sus hijas y su nueva postura referente a su clase social. Y aún cuando las gemelas estuvieron encerradas en sus respectivas habitaciones se seguían escuchando sus enérgicos gritos. "El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan"

-Margaret...

- Dalas un tiempo, en cuanto todo esto se pase lo olvidarán.
-¿Y si no lo hacen?
-Seguro que podemos hacer algo, John no pierdas ahora tu próximo negocio por una chiquillada.
-¿Chiquillada? - John estaba furioso y quería gritar. - ¡Mis propias hijas están del lado del pueblo! ¿Cómo no me voy a preocupar por eso?
-Ellas no pueden hacer nada, tranquilízate por favor.
-No pueden hacer nada porque no salen de casa, y me aseguraré de que siga así.
-Qué te parece si tu te relajas y piensas en tu nueva fábrica mientras le digo a Wilson que nos prepare la cena.