-Pues ya está decidido. Mañana la fábrica empezará a construirse- dijo el señor Garfield.
-Con un poco de suerte en dos semanas ya estará terminada- añadió el señor Smith-. Si contamos con la suficiente mano de obra puede que incluso empecemos a producir en menos de un mes.
El señor Galfield soltó una carcajada. Ambos estaban nerviosos -quizá excitados- por empezar a trabajar en la nueva fábrica: "Industrias textiles Garfield y Smith, donde mejor se paga". ¿Dónde mejor se paga? Mentira. Eso era una gran mentira pero los obreros eso no lo van a saber. Y, aunque lo supieran, las mujeres estarían obligadas a trabajar allí por ser la única fábrica de telas de toda la ciudad. Aunque tampoco estaban seguro de que si su mentira iba a tener mucha eficacia ya que casi un noventa por ciento de toda la población obrera era analfabeta.
-Dentro de unos meses, Robert, seremos asquerosamente ricos- dijo el señor Garfield.
-Lo sé, Jonh- el señor Smith hizo un gesto a una chica que tenía su pelo rubio recogido y que estaba junto a la gran puerta del salón-. Señorita Wilson, trae té. Mi socio y yo tenemos que hablar de cosas de negocios.
-Sí, señor.
-No hace falta, señorita Wilson- dijo el seño Garfield impidiendo que la sirvienta saliera del cuarto-. Yo me voy a ir. Mi esposa me estará esperando.
-¿Estas seguro, John?
-Claro. Llama a tu mujer e hijas a que tomen el té.
-Ojalá fuera tan fácil.
-¿Fácil?
-Son jóvenes, señor Smith. Ya cambiarán- dijo sin permiso la señorita Wilson.
El señor Smith miró a la joven. No se le había dado permiso para hablar. Mucho menos para dar su opinión.
-Lo siento, señor Smith.
El señor de la casa arrugó su frente.
-Está bien, John. Señorita Wilson, acompañe al señor Garfield hasta la puerta.
Ambas hermanas subieron a su cuarto sin oponer ninguna resistencia cantando frases de Marx que aprendieron de un periódico. John tenía cierto color en sus pómulos, a causa de sus hijas y su nueva postura referente a su clase social. Y aún cuando las gemelas estuvieron encerradas en sus respectivas habitaciones se seguían escuchando sus enérgicos gritos. "El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan"
-Margaret...
- Dalas un tiempo, en cuanto todo esto se pase lo olvidarán.
-¿Y si no lo hacen?
-Seguro que podemos hacer algo, John no pierdas ahora tu próximo negocio por una chiquillada.
-¿Chiquillada? - John estaba furioso y quería gritar. - ¡Mis propias hijas están del lado del pueblo! ¿Cómo no me voy a preocupar por eso?
-Ellas no pueden hacer nada, tranquilízate por favor.
-No pueden hacer nada porque no salen de casa, y me aseguraré de que siga así.
-Qué te parece si tu te relajas y piensas en tu nueva fábrica mientras le digo a Wilson que nos prepare la cena.
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